¿Y SI LA MUERTE LLEGA UN LUNES?
Me encontré por allí con un anuncio parroquial que me dejó pensando. Se establecían horarios específicos para las misas de funeral y se advertía que los lunes no habría celebraciones exequiales. Así de sencillo. Como quien anuncia que una oficina permanecerá cerrada por inventario. Y aunque entiendo perfectamente que los sacerdotes necesitan descansar, no pude evitar preguntarme: ¿desde cuándo el dolor de una familia tiene que ajustarse con tanta rigidez a un calendario administrativo?
La coincidencia con el Evangelio de san Lucas (11, 42-46) resulta particularmente incómoda. Jesús reprocha a los fariseos su preocupación por cumplir determinadas obligaciones mientras descuidan lo verdaderamente importante: el derecho y el amor de Dios. Y a los maestros de la Ley les dirige una advertencia todavía más severa: «Cargáis a los hombres cargas insoportables, mientras vosotros no tocáis las cargas ni con uno de vuestros dedos». Palabras que deberían hacernos reflexionar sobre ciertas decisiones que, aunque puedan parecer administrativamente justificadas, terminan trasladando dificultades a quienes precisamente necesitan comprensión y acompañamiento.
Que nadie malinterprete estas observaciones. Un sacerdote tiene derecho al descanso, a su privacidad y a recuperar fuerzas. No se trata de exigirle disponibilidad las veinticuatro horas. Pero cuando una comunidad cuenta con varios sacerdotes, ¿resulta verdaderamente imposible establecer turnos para atender situaciones tan delicadas como un funeral? ¿Es indispensable suspender por completo determinadas celebraciones durante un día de la semana? La organización pastoral debería buscar soluciones antes que levantar restricciones.
Pensemos por un instante en una familia que acaba de perder a su madre, a su padre o a uno de sus hijos. Hay dolor, desconcierto, familiares que deben viajar, permisos laborales que gestionar y decisiones difíciles que tomar en pocas horas. ¿De verdad queremos añadir a esa situación una nueva preocupación porque el día disponible no coincide con el horario establecido? La Iglesia está llamada a aliviar las cargas humanas, no a complicarlas con disposiciones que podrían resolverse mediante una organización más flexible.
Por supuesto, establecer horarios es necesario. Ninguna institución puede funcionar sin orden. Tampoco conocemos las circunstancias particulares que llevan a una comunidad a adoptar determinadas medidas, ni si existen excepciones para casos especiales. Pero justamente por eso conviene recordar que la pastoral no puede reducirse a un reglamento. Cuando una norma comienza a pesar más que la necesidad de acompañar al ser humano, algo merece revisarse. Y el Evangelio de hoy nos recuerda que la justicia y el amor no deben quedar relegados por el cumplimiento de otras obligaciones.
Sería lamentable que nuestras comunidades terminaran pareciéndose más a oficinas con horarios de atención que a lugares donde las personas encuentran consuelo en sus momentos más difíciles. Los templos no son establecimientos comerciales, los fieles no son clientes y los sacramentos no deberían administrarse con mentalidad burocrática. La misión sacerdotal exige organización, ciertamente, pero también cercanía, criterio pastoral y sensibilidad ante el sufrimiento.
La muerte no consulta calendarios, no distingue entre lunes y viernes, ni espera a que termine el día libre de nadie. Y aunque los sacerdotes merecen descansar, una comunidad bien organizada debería procurar que ese derecho no se convierta en una dificultad adicional para las familias en duelo.
Al final, quizá la pregunta más importante no sea cuántos días se celebran funerales, sino cuánto espacio dejamos al amor y a la misericordia cuando organizamos la vida de nuestras comunidades.
Porque el sacerdote puede tener su día libre. Lo que no debería tomarse un día libre es la caridad cristiana.













