Editoriales sin Censura

Perdonar libera el corazón. La impunidad libera al culpable

El Papa León XIV volvió a colocar sobre la mesa una de las exigencias más difíciles del cristianismo: el perdón. Inspirado en el Evangelio de Mateo, recordó la respuesta de Jesús a Pedro cuando le preguntó cuántas veces debía perdonar a quien lo ofendiera. Pedro creyó ser generoso proponiendo siete veces, pero Jesús llevó la respuesta hasta el conocido “setenta veces siete”, una manera de decir que el perdón no puede administrarse con una calculadora.

Hasta ahí, el mensaje es plenamente evangélico. El problema comienza cuando esa enseñanza se simplifica tanto que termina convertida en una obligación de soportarlo todo. Porque una cosa es perdonar y otra muy distinta aceptar que alguien pueda dañarnos una y otra vez sin límites, sin consecuencias y sin asumir responsabilidad alguna. El cristianismo pide combatir el odio y renunciar a la venganza; nunca ha pedido convertirse en víctima permanente de quien no tiene intención alguna de cambiar.

Aquí conviene detenerse en una expresión utilizada por León XIV al recordar la historia de Pedro. El Papa señaló que, después de haber negado y abandonado a Jesús durante la Pasión, Pedro volvió a encontrarse con el Resucitado, quien lo llamó nuevamente “como si nada hubiera pasado”. La frase es hermosa desde el punto de vista pastoral, pero tomada literalmente puede conducir a una interpretación equivocada. Algo sí había pasado, y bastante grave: Pedro había negado tres veces conocer a quien poco antes juraba estar dispuesto a acompañar hasta la muerte.

El Evangelio de Juan tampoco presenta una escena en la que Jesús sencillamente borra lo ocurrido y continúa como si la traición nunca hubiese existido. Hay un encuentro frente al lago, una conversación directa y tres preguntas que resuenan inevitablemente frente a las tres negaciones: “¿Me amas?”. Pedro recibe nuevamente una misión, pero antes debe enfrentarse a su propia fragilidad. Cristo perdona, restaura y vuelve a confiar, pero no convierte el pasado en una ficción.

Esa diferencia resulta fundamental cuando hablamos del perdón en situaciones reales. Perdonar no obliga a una mujer agredida a regresar con quien la golpea, ni exige a una persona estafada renunciar a reclamar lo que le pertenece. Tampoco significa pedir a una víctima de abuso que calle para proteger al agresor, ni obliga a restablecer una amistad, una relación familiar o una convivencia que se volvió destructiva. El perdón puede liberar del odio sin eliminar los límites necesarios para protegerse.

El propio León XIV lo explicó con mucha mayor precisión meses atrás al señalar que perdonar no significa afirmar que lo malo estuvo bien, permitir que alguien continúe haciendo daño ni obligarse a olvidar lo sucedido. Esa aclaración es indispensable porque durante demasiado tiempo ciertas formas de religiosidad han confundido la misericordia con la tolerancia ilimitada frente al abuso. Y cuando eso ocurre, el mensaje cristiano deja de sanar a la víctima y comienza, aunque sea involuntariamente, a proteger al victimario.

La confianza también merece una distinción. Una persona puede perdonar sinceramente y, aun así, no volver a confiar en quien la traicionó. La confianza no se impone por decreto ni aparece automáticamente porque alguien pronuncie la palabra “perdón”. Se reconstruye con tiempo, cambios verificables y responsabilidad. Hay relaciones que pueden repararse y otras que, sencillamente, no deberían restablecerse.

También puede existir perdón sin renunciar a la justicia. Un cristiano puede decidir no odiar a quien le hizo daño y al mismo tiempo denunciarlo ante las autoridades. Puede dejar atrás el deseo de venganza y exigir una reparación. Puede incluso rezar por quien lo perjudicó y mantenerlo lejos de su vida. Nada de eso contradice el Evangelio.

El Catecismo mismo reconoce que no siempre está en nuestras manos olvidar una ofensa o dejar inmediatamente de sentir el dolor producido por ella. La exigencia cristiana va por otro camino: impedir que esa herida termine dominando el corazón y convirtiendo la vida entera en resentimiento. Eso requiere tiempo, acompañamiento y, en muchos casos, una distancia prudente respecto de quien causó el daño.

La misericordia tampoco elimina la responsabilidad. Si una persona roba, agrede, estafa, abusa o destruye la vida de otros, el perdón cristiano no significa borrar automáticamente las consecuencias de sus actos. La justicia existe precisamente para proteger a la comunidad y evitar que el mal continúe reproduciéndose. Perdonar al culpable no significa abandonar a la víctima.

Por eso resulta peligroso repetir sin matices que debemos perdonar “como si nada hubiera pasado”. Hay situaciones en las que esa frase puede sonar consoladora; en otras puede convertirse en una carga insoportable para quien ya ha sufrido demasiado. El perdón cristiano no exige negar la realidad, mucho menos permitir que el daño vuelva a ocurrir.

Jesús pidió perdonar setenta veces siete porque el odio termina encadenando también a quien ha sido herido. Pero jamás enseñó que debamos ofrecer setenta veces siete oportunidades para que alguien vuelva a destruirnos. La misericordia puede abrir una puerta al arrepentimiento, pero no obliga a mantenerla abierta mientras el otro continúa entrando únicamente para causar daño.

Perdonar libera el corazón. La impunidad libera al culpable.

Confundir ambas cosas no es misericordia. Es una manera peligrosa de deformar el Evangelio.

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